MÚSICA Y CUBANÍA

En Cuba la música es tan cotidiana como el aire mismo. Desde que despertamos estamos sumidos en ella, aunque no siempre sea la que quisiéramos escuchar. En eso no somos diferentes del resto del mundo. Lo singular cubano radica en las probadas e inagotables potencialidades creativas.

Aquí se camina, se habla, se baila con ritmo y hasta se come con ritmo. No es de extranar entonces que Cuba sea definida como un reservorio natural de ritmos y compases, y que sus habitantes sean implacables con los músicos que maltratan el oficio.

La explicación a este misterioso fenómeno es múltiple y remite a los tiempos protozoarios (término lezamiano) de la cultura cubana.

Los colonizadores llegaron a los territorios americanos con afán depredador. En Cuba aniquilaron a su población aborigen y con ella, su cultura. Nadie supo nunca los secretos de la oralidad de siboneyes y taínos. Aún se especula sobre sus cantos y danzas, y nos preguntamos cómo sonarían los guamos, silbatos y mayohuacanes descritos por los Cronistas de Indias.

Ante tal desamparo, la cultura cubana, como la nación misma, se conformó de “préstamos”.

En una amalgama espanola y africana, enriquecida por el cosmopolitismo resultante de su posición geográfica, se cocinó el ajiaco que nos define.

Pero no pocos piensan que arte alguno fundió tan bien sus ingredientes como la música. El resultado es la exuberante urdimbre sonora cubana reconocida a nivel mundial.

El secreto del auge no estuvo en “concesiones al mercado”, término muy de moda en estos tiempos de marketing y globalización neoliberal.

Nada tan natural y exitoso como El Manisero de Moisés Simons o la Guantanamera del inmortal Joseíto Fernández. La carta de triunfo fue, y será, pensar en cubano.

Y a esta búsqueda de la originalidad a través de lo nacional se vincula otra de las cualidades fecundantes del arte de las fusas y las semifusas, su compromiso ético. Los ejemplos podrían no caber en este espacio, pero sería imperdonable no mencionar algunos.

El primero, el imprescindible, Ignacio Cervantes Kawanagh (1847-1905). Fue uno de los más notables compositores, pianistas y pedagogos del Siglo XIX, etapa considerada fundacional para la cultura cubana. Sus Danzas para piano son la síntesis de lo reyoyo, de lo criollo.

Pero Cervantes no solo se dedicó a la música de cámara, sinfónica, o a las zarzuelas. Ni tan siquiera a cultivar su singular amistad con Rossini o Liszt. Cuentan los historiadores que en 1875 fue llamado con urgencia al despacho del Capitán General de turno: Tenemos la certeza —le increparon— de que el dinero que usted recauda en sus conciertos pasa a manos de los insurrectos.

!Lárguese antes de que me vea obligado a encarcelarlo! ?A dónde se marcha usted?..." “A los Estados Unidos —contestó el músico. Es el país más próximo a Cuba, y allí podré seguir haciendo lo que aquí hacía”. Lo salvó la admiración que sentía el feroz Capitán General por su obra.

Las mencionadas Danzas para piano, escritas para dos y cuatro manos, trascendieron por el uso de las células rítmicas propias de la música popular cubana, “son pequenas maravillas de buen gusto, aseguró Alejo Carpentier, de gracia, de donaire. Nada, en ellas, resulta falso o engolado. Tienen ese garbo un poco femenino e inquieto que se desprende de todo lo criollo. Con su estilo limpio y claro, constituyen un pequeno mundo sonoro (...) que pertenece sólo a Ignacio Cervantes”.

Pero si antes el compromiso con lo nacional se expresaba de manera individual (habría que mencionar a José White (1836-1918), otro músico cubano que también contribuyó con la causa independentista), anos más tarde estas manifestaciones tomaron fuerza generacional o conceptual, en torno a la cual se agruparon destacados intelectuales.

Uno de esos postulados unitarios fue el de revalidar la herencia africana en sus expresiones diversas como parte indisoluble de la identidad nacional. El llamado Afrocubanismo de la primera mitad del Siglo XX fue liderado por pintores, escritores y músicos entre los que se destacaron Fernando Ortiz y sus estudios etnográficos y sociales; Nicolás Guillén, con sus Motivos de Son; los pintores Mariano Rodríguez, Carlos Enríquez, Eduardo Abela, entre otros; y los músicos Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, quienes llevaron a sus obras sinfónicas elementos raigales de la música afrocubana.

Ese compromiso nacionalista que hilvana nuestra historia se expresó también en la segunda mitad de la pasada centuria en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (1951-1961) que fue, según Lisandro Otero, “un intento de los jóvenes intelectuales de mi generación para enfrentar colectivamente la incuria oficial hacia la cultura, para definirnos en torno a la expresión de la identidad nacional, para acercarnos al compromiso político mediante un acentuado humanismo”.

En Nuestro Tiempo los músicos fueron también gestores. Harold Gramatges, compositor, profesor y pianista excepcional, ocupó el cargo de Presidente durante la década de vida de la institución.

Su primer secretario fue otro músico de vanguardia, Juan Blanco. El documento constitutivo de su sección de Música explicaba que entre sus propósitos figuraba la divulgación de la música culta cubana; la revaloración de los aportes de músicos como Roldán y Caturla; la necesidad de promover la creación nacional en aras de enfrentar la penetración norteamericana; así como el análisis de las dificultades que afrontaba la música contemporánea por la desatención que sufría por parte del gobierno batistiano.

Una vez más el compromiso ético de los músicos los colocó al “margen de la ley”. No obstante las presiones y persecuciones, en 1958 la directiva firmó un documento demandando la renuncia del dictador Fulgencio Batista.

El exilio fue, en algunos casos, la única salida. El triunfo de 1959 revolucionó el país desde sus cimientos fundacionales, multiplicó las oportunidades de cultivar esa gracia musical y confirmó la certeza de esos “demonios nacionalistas” que fagocitan las presencias musicales foráneas para devolvérnoslas cubanizadas y éticamente comprometidas con su tiempo.

Artículo de Yimel Díaz Malmierca, publicado en el periódico Trabajadores el 24 de septiembre del 2005.